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Mar 10

Sobre ausencias – Ismael Serrano

Categoría: General

Les dejo un fragmento de un post del blog de Ismael Serrano
Totalmente increible, como siempre Ismael…

Sobre ausencias
La ausencia no es tal. Porque la vida deja un rastro. La vida es celebraci√≥n y tras toda celebraci√≥n queda un rastro de serpentinas, confetis y botellas vac√≠as. Y as√≠, ese rastro, esparcido por toda la casa, nos recuerda que una vez estuvimos vivos. Siguiendo el rastro encontrar√°s tu propia silueta enmarcada con tiza sobre el suelo de la cocina, la huella dactilar de una sombra en una copa hu√©rfana sobre la encimera, un cigarrillo fumado a medias, unos ara√Īazos en la escalera, una vieja fotograf√≠a prendida con imanes en la nevera, un espejo indiscreto que te ofrece el reflejo del hombre que usurp√≥ tu cuerpo dejando sin vida la mirada de anta√Īo y te preguntas que habr√° sido del muchacho cuya risa brillaba como el hielo que ahora dejas caer sobre el gin tonic terap√©utico.

Caminas por la casa oyendo como cruje bajo tus pies el parqu√© del pasillo, como quien camina por un lago helado temeroso de que se abra el agua a sus pies. Al llegar a la habitaci√≥n descubres oscuras aves volando en c√≠rculos sobre la cama, y t√ļ tratas de espantarlas agitando el pa√Īuelo de la nostalgia o poniendo un disco de Jacques Brel a todo volumen. Pero las aves burlonas se posan sobre el espantap√°jaros que levantaste y comen de tu mano el grano del desconsuelo con el que antes confeccionabas collares que abrazaban cuellos de cisnes y sirenas.

El día humedece la tarde con el perfume de otros días. Nada tiene más memoria que el olfato. Y hay perfumes que taladran el pecho como el primer cigarro, como el aire helado de la madrugada.

La ausencia est√° en todo: en los libros de la mesilla, en las toallas, en la ropa tendida, en la carta dormida en buz√≥n. Durante un instante te quedas colgado mirando un rinc√≥n en la pared en el que las ara√Īas tejieron su red, o te quedas hipnotizado mirando un televisor que parpadea con luz estrobosc√≥pica: nada que ver, nada que hacer.

Agarras el teléfono y dejas un mensaje en un contestador. Una bengala iluminando un océano oscuro, un mensaje de auxilio. Hola soy yo. Tres pulsos cortos. Ha amanecido tarde este día. Tres pulsos largos. Bueno, si tienes frío o tiempo me llamas. Tres pulsos cortos. Cuelgas.

La pena extiende una película impermeable por toda tu piel, y por ella resbalan noticias y deberes. Bebes entonces con autocomplacencia el licor dulzón del aburrimiento y te preguntas como era tu vida antes de que todo fuese naufragio.

Pero entonces sientes que algo te agarra de las solapas y te levanta del sof√° al que estabas atornillado. Cabreado, recuerdas todo lo que queda pendiente. Recuerdas lo afortunado que eres por haber asistido al alumbramiento de unicornios y pegasos, a la lluvia de meteoritos que dibuj√≥ el cielo de tu vida tantas noches de verano, y reconoces en la ausencia que habita toda la casa retazos del muchacho que desapareci√≥ de el reflejo ofrecido por los espejos en los que te miras. Eres t√ļ. Est√°s de vuelta.

Huyen las aves. El dibujo de tiza en el suelo de la cocina ya no es tu silueta, es una rayuela sobre la que saltan hadas y faunos. Levantas la persiana y un alud de sol arrastra telara√Īas y serpentinas limpiando de espectros la casa. Sales a la calle. Es viernes. Es primavera. Es pronto. Recuerdas la leyenda tallada en el reloj que ahora murmuras con una media sonrisa que cre√≠as olvidada: acu√©rdate de vivir.

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